Te
escribo esta carta porque hace tiempo que el Señor ha estado lidiando conmigo.
EL me ha estado poniendo en el corazón que te escribiera estas palabras, pero
yo lo he ido posponiendo día tras día. No obstante, esta noche he decidido que
no quiero que te vayas de este mundo sin escuchar lo que te tengo que decir.
Tal
vez, sea tarde para que te llegue este mensaje. Tal vez, ni siquiera comprendas
lo que te digo, porque tu estado de salud no te lo permite. Pero yo estoy
convencido de que tu espíritu está recibiendo mi mensaje, y de hecho, me consta
que ya que lo has recibido porque lo llevo cargando en mi corazón desde hace ya
algún tiempo.
Quiero
decirte que yo siempre admiré al abuelo Mariano. Cuando hablaba de mis abuelos
le favorecía a él más que a ninguno, por lo mucho que me identificaba con él y
por lo mucho que sabía que él me quería. Siempre encontraba una forma de
hacerme sentir especial.
Recuerdo
perfectamente como a nadie le importaba mucho como me iba en el fútbol. A veces
ni siquiera mis padres iban a verme jugar. Pero el abuelo se desvivía por
saberlo todo. Me llamaba y leía los resúmenes de los partidos en el periódico.
Todavía recuerdo como fue a verme jugar cuando fui a Lorca. A penas si había
empezado la temporada y aún estaba yo de reserva. El insistió e insistió en que
jugara, hasta que al final el entrenador me metió. Podía escuchar al abuelo
animándome y sacando pecho con los otros aficionados :ese es mi nieto, ese es
mi Javi. A partir de aquel partido comencé a ser titular, pero el abuelo no
podía venir a verme siempre, así que me seguía en la distancia. Yo deseaba más
que nada contarle de mis hazañas deportivas. Era como si a través mía, el
abuelo reviviera sus sueños de juventud. Pero por desgracia, aquel mismo año,
su salud empeoró dramáticamente. A final de temporada ganamos la liga y yo
llegué a vuestra casa con mi camiseta, con el número 6, para dársela de regalo.
Estaba emocionado y supongo que no era muy consciente de lo muy enfermo que
estaba. Cuando entré a la habitación, ni siquiera me reconoció.
Recuerdo
que me sentí triste, porque hubiera deseado que me hubiera visto ganar, que
hubiera podido celebrar aquella importante victoria conmigo. Quería darle esa
alegría más que nada en este mundo, pero su mirada estaba perdida y yo no encontraba
la forma de expresarle mi felicidad.
Después
de enterarlo, algo muy extraño sucedió. Es como si la tristeza, la confusión y
la pena de que se fuera dieran paso a una alegría mayor. Sentí que con su
partida el abuelo me estaba dejando un legado mucho más grande que cualquier
herencia o riqueza. Con su marcha, me dejó su creatividad, su ingenio, su
bondad y sus ganas de luchar por hacer cosas importantes. Sentí en ese momento
que sí había celebrado conmigo mi victoria y que si me vio ganar. Desde entonces,
el abuelo ha estado muy presente en mi vida. De hecho, para mi tiene más
sentido que yo sintiera esa curiosa atracción de venir a los Estados Unidos, para completar algo que él no
pudo terminar. Al igual que tampoco es casualidad de mi primer libro se tratara
de la creatividad, cualidad tan presente en todas las facetas de su vida.
Lo que
quiero decir, es que aunque él nunca llegó a verme madurar, se que ahora
celebra todas mis victorias desde el cielo y yo siento que tras su marcha me
dejó un relevo importante que yo he continuado con orgullo.
Y te
cuento esto para decirte a ti las cosas que nunca te dije, pero que hoy quiero
decirte. Quisiera decirte que detrás de la figura del abuelo siempre estuviste tú.
De él aprendí a sonreírle a la vida. Sin embargo, nunca te dije lo mucho que me
gustaba irme a dormir por las noche escuchándote rezar. Nunca supe por qué yo
buscaba a Dios, a pesar de que dejamos de ir a la iglesia. Pero ahora se que tú
plantaste esa semilla en mí. Tu pusiste al Señor en mi corazón, con tus
oraciones nocturas y al amanecer. Ahora entiendo por qué siendo tan pequeño,
aleccioné a uno de los monaguillos y fui corriendo a contártelo a ti. Ahora
entiendo que nuestra familia vive protegida de la crisis y las catástrofes,
gracias al manto de protección que has pedido día tras día al Señor. Las
bendiciones generacionales que has dejado son claras, y sólo con los ojos de fe
que tu tienes se pueden ver.
Ahora
comprendo por qué hay una parte de mi metódica y cuidadosa en mi dieta, en mi
salud. Me viene de ti, del modelo que mostrabas, con tu forma de ser serena,
modesta, pero constante y laboriosa. Ahora comprendo por qué se ha despertado
en mi el deseo de encontrar a Dios en mi corazón. Ese es el legado que tú me
has dejado, y es el relevo que yo pienso continuar honrando.
Puede
ser que no me veas triunfar en estos dones que me dejas. Puede que no me
llegues a ver subido a un púlpito, o que leas las hojas de mi primer libro
dedicado a Dios. Pero en el día de hoy quiero decirte que lo que viniste a
hacer a este mundo lo hiciste con todo el corazón. El legado que dejas, no va a
desaparecer contigo, sino que los que recibimos tu herencia lucharemos para
mantener esos valores de fe, valor e integridad que tú nos dejas.
Muchas
veces me sobreviene una pena, porque pienso que no te voy a ver la próxima vez
que vaya a España y que si te veo, no se muy bien como te voy a decir todo esto
que siento. Por esto te escribo estas palabras y así quedamos los dos en paz.
Si te vas, antes de que te vea, solo quiero decirte que te quiero mucho y que
me siento orgulloso de ser tu nieto. Estoy feliz por ti, por que por fin podrás
ver al abuelo. Cuando lo veas dile también le quiero mucho. Y también te
encargo que abraces a mi abuelo Ignacio y a mi abuela Paula y les hagas saber
lo mucho que los quiero. Gracias por todo lo que has hecho por nuestra familia.
Tu
nieto que te quiere
Javi